Ensayo: De Carpinchos Paraguayos y la Feria del Libro de Buenos Aires, por Marco Augusto Ferreira
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Carpincho paraguayo, de Pablo Alborno, para su libro El Dibujo Paraguayo, un cuaderno de enseñanza de dibujo para la primaria. Paraguay, ca. 1925. Imagen del Acervo Milda Rivarola en www.imagoteca.com.py |
La
industria del libro argentina es un pavo real que despliega la complejidad de
su entramado en ese oasis que representa la Feria Internacional del Libro de
Buenos Aires, la oportunidad anual para vincular su producción con el resto del
mundo, para atraer inversores, artistas, distribuidores y editores a este
estanque global. La Feria es una ciudad librera en su sentido literal; un
coloso humanamente inabarcable en su sentido metafórico, un ser vivo legendario
que en el proceso de mitificación sigue descubriendo aspectos de su fisonomía
que nosotros como autores paraguayos difícilmente podemos imaginar que existen
y que, cuando los descubrimos, solo dejándonos devorar y abrumar podemos
aspirar a comprender parte de sus mecanismos; cómo se mueven los editores, cómo
la organizan las cámaras del libro, los autores y la SADE, las ventas y los
compradores, las subidas y bajadas del cambio, el precio del papel, los
comportamientos de distintos públicos, las grandes librerías y las pequeñas, la
presencia o ausencia del gobierno, los autores independientes que pueden llegar
a pasarse la tarde esperando que venga una persona a pedirles una firma, y los
que llenan salas de mil personas con colas de hasta tres o cuatro horas. No creo
que sea una visión pesimista, sino la realización liberadora y a su vez
aterradora, de que esta es una realidad que nunca cambia, y de que los autores
somos apenas otro miembro fundamental de este ecosistema vivo que mueve millones
de libros y, por ende, millones de lectores, que en sí mismo da hogar y
alimento a todos aquellos que son capaces de hacerse espacio en el estanque… Cabrá
preguntarse si ese espacio solo puede ganarse por la fuerza y el tamaño, o si
existen otros medios.
Más allá
de eso, la perspectiva de la industria paraguaya se asemeja a la de un carpincho
sediento que una vez al año se acerca al abrevadero común para tomar agua sin
molestar a nadie y después desaparecer hasta la próxima temporada, lo
suficientemente cargado de sí mismo como para hacerse espacio entre los
herbívoros, no tan grande como para liderar una manada, no demasiado
competitivo para ser el centro de atención de los grandes depredadores. Existe
y deja huellas; a veces consigue reproducirse y sus crías regresan siguiendo el
mismo ciclo de sus padres, pero no suele tener un lugar asegurado que lo espere
año tras año.
Como
Sociedad de Escritores, como autores independientes, sentí que nuestra
experiencia este año fue la del carpincho que viene a tantear espacios entre
los demás animales. Y, si consideramos que el agua son lectores, es innegable
que como país hemos podido dar sorbos largos y satisfactorios. Hemos logrado
reanudar lazos flojos con viejos amigos a quienes debíamos mucha más atención, como
aquellos de la SADE, con quienes llegamos a la conclusión de que la única forma
de garantizar un espacio es forjarnos una federación. Sus luchas, por complejas
que parezcan, no son diferentes a las nuestras; no lo son sus anhelos, sus
temores, aquello que los hace universalmente humanos, universalmente autores.
A veces hemos trepado al lomo de hipopótamos editores para beber también, y desde arriba nos
dimos cuenta de lo difícil que les resulta beber toda el agua que realmente
necesitan para seguir viviendo; esto es un estanque, al final de cuentas; no un
río en sí mismo. Sus luchas no son diferentes a las de nuestros editores
tradicionales, y es importante comprenderlas para reconocer el peso propio que
tenemos como autores.
He visto
al público, una lluvia torrencial que de la noche a la mañana ha llenado un
hueco de tierra polvorienta y lo ha convertido en el centro cultural más
importante de toda Hispanoamérica, un centro que, aunque dure poco hace
alegría, fiesta, vida misma en las conexiones que se producen después de
que el escritor encuentra a su lector ideal, después de que firma un libro,
después de que un completo desconocido le pide una dedicatoria como si fueran
amigos de toda la vida que no se quieren olvidar. Es mágico, un prodigio divino
el ver a quien satisfecho carga con sus libros nuevos bajo el brazo como quien
se ha encontrado con un pedazo del universo infinito caído solo para él, y mayor
señal de divinidad es ver la sonrisa socarrona de quien ha dejado caer ese
trozo con la esperanza de que alguien lo agarrara.
Con el
convenio que la SEP ha firmado con Librería de la Paz para intercambiar
autores, conocimientos, editar, distribuir y, sobre todo, unir, se ha
trazado un mapa más claro hasta el abrevadero, pero no nos equivoquemos: el
oasis siempre ha estado a la vista del carpincho que vive en lejanas tierras
húmedas, pero es esencial aceptar que solo podrá tener un mundo entero a su
disposición si es que se dispone a cruzar el desierto en manada. Un oasis lo llevará
al siguiente, y así hasta haberse recorrido todo estanque por conocer.
Recuerdo
mi propia experiencia como autor, cuatro años atrás, cuando llegaba a la Feria
en los días de profesionales, mi primera novela bajo el brazo con ínfulas de
llanero solitario, tocando puertas como cría de carpincho a ver quién me
recibía. Hoy, ahora, no solo yo, sino todos mis colegas, hemos recibido las
llaves del reino, el mapa al oasis, inclusive un lugar a la sombra de una
palmera que es la comunidad paraguaya y los amigos de la Embajada, todos ellos producto
de decenas de migraciones anteriores y de otras especies amistosas que,
reconociendo comunes las luchas, nos han hecho espacio y por ende les debemos
nuestra máxima gratitud. Lo que no sabía cuatro años atrás, era que el estanque
ya estaba lleno y que la fila para beber le daba dos vueltas y un poco más, así
que esta debe ser nuestra siguiente aproximación.
Y, el
panorama se abre aún más esperanzador, porque durante estos casi veinte días de
la Feria, por primera vez en nuestra historia llegó un
aproximado de treinta autores paraguayos a presentar sus obras, a conectarlas
con la comunidad paraguaya, a exponer ante la Argentina, a vender, a revelar
misterios de un humedal completamente desconocido para los otros ecosistemas. Han llegado más editores que nunca, y eso que todavía falta conocer a todos los
carpinchos que trotan desde todos los puntos del Paraguay y a quienes debe
darse todo el lugar que se pueda.
La
manada viene creciendo desde hace unos años, y no por nada se dice que el
carpincho es el mamífero más amigable que existe.