Renée Ferrer: "No puedo pensar mi vida sin la escritura"


Antonio Pecci-Periodista
apecci@uhora.com.py
¿Qué se siente al recibir el máximo galardón de literatura del país?
--Cuando me llegó la confirmación de haber ganado el Premio Nacional de Literatura 2011, aparte de la gran felicidad que, obviamente, se siente, me invadió una sensación de pertenencia y de agradecimiento: agradecimiento a Dios, por estar viviendo este momento y por el don de la escritura; y de pertenencia a mi país, el Paraguay, porque un Premio Nacional es, en cierta forma, una carta de presentación que te identifica con el lugar donde naciste y la comunidad a la cual perteneces. Es una satisfacción que va más allá de haber conseguido un objetivo; es una sensación de plenitud emparentada más con el reconocimiento que con el logro; un sentimiento que se centra más en el otro que en uno mismo; se enfoca no tanto en lo que escribiste, sino en que te han considerado digna. Es una sensación muy peculiar; pensar que, de ahora en adelante, por ese motivo, a tu nombre se le agregará el calificativo de Premio Nacional. Es como decir: "Le he dado algo a mi país y mi país, a su vez, me está dando algo muy valioso". Y pienso cuántas veces, al enviar al exterior algún poema o un cuento, he firmado "Renée Ferrer (Paraguay)".
--¿Lo deseabas desde hace tiempo, tardó en llegar?
--He soñado con el Premio Nacional muchas veces: al inicio como algo inalcanzable, luego como algo lejano, más tarde como algo posible. Creo que en la vida las cosas se dan cuando se tienen que dar, y no me refiero solo a los premios, que a veces no se dan nunca y uno cae en la cuenta, demasiado tarde, de que la persona ya se ha ido. He enviado mis libros a todas las convocatorias del Premio Nacional, excepto una, sabiendo que otros escritores admirados lo sacarían o podían sacarlo

Primeros pasos

--El libro con el cual te presentaste, revela tu costado poético, género con el cual te iniciaste en 1965. ¿Cómo fue editar ese primer libro, Hay surcos que no se llenan?
--¡Qué pregunta tan hermosa! Me veo entrando a la imprenta El Arte con mis surcos abiertos bajo el brazo, sin prólogo, sin correcciones, sin consultas, sin que nadie lo supiera, como si estuviera por entregar un secreto para ser expuesto a la luz del sol. Los escribí a los diez y siete años, presa de un enamoramiento recalcitrante, y los había guardado, luego de darle una copia manuscrita al beneficiario, que sigue a mi lado, sin pensar ni remotamente en publicarlos, como tampoco se me ocurría que por haberlos escrito yo era ya escritora o alguna vez pudiera convertirme en una. La idea de la publicación vino cuatro años después de la escritura, cuando una compañera de colegio, ya después de recibidas de bachiller, publicó un libro de poemas. Entonces caí en la cuenta de que yo tenía una serie de poemas bien doblados en una caja de madera verde. Me decidí a editarlos. Con mi sueldo de secretaria pagué la edición de mi primer libro. Ilustré la tapa yo misma --una mujer desnuda sosteniendo entre las manos la rosa de su amor-- y los dejé en la imprenta. Así nació Hay surcos que no se llenan, hace cuarenta y seis años.
--Es inevitable abordar tus preferencias poéticas y literarias. ¿Qué poetas y autores te han marcado?
--Me inicié leyendo la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, a quien le debo mucho; Amado Nervo, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Alfonsina Storni; los poetas de la generación del 27, sobre todo Miguel Hernández y Federico García Lorca. A Miguel Hernández le debo el contacto más intenso con la metáfora, cuando, siendo su alumna, Rubén Bareiro Saguier nos leyó en clase un poema, que en uno de sus versos decía: "... perro sembrado de jazmín calzable". ¡Qué hermosa manera de evocar al pie blanquísimo de la amada apoyado en un perro dormido! Ese deslumbramiento marcó toda mi poesía, que está en cierta forma sustentada en la metáfora. Luego vinieron otros: César Vallejos, Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Walt Whitman, T. S. Elliot, Mallarmé, Verlaine, Apollinaire, Baudelaire. En narrativa, mis primeras lecturas de jovencita fueron los novelistas rusos: Dostoievski, Leon Tolstoi, Gorki; los franceses: Honoré de Balzac, Victor Hugo; el inglés Graham Greene, el húngaro Lajos Zilai, el austriaco Stephan Zweig, con sus biografías de María Antonieta y Napoleón; los cuentistas Anton Chejov, Guy de Maupassant; los americanos del Norte William Faulkner, John Steinbeck; el chino Lin Yu Tang, con su inolvidable novela Una hoja en la tormenta, de evidentes reverberaciones en Los nudos del silencio; y varios otros, cuyos libros mi madre, uruguaya y gran lectora, me proporcionaba. Tuve un abuelo español que siempre nos traía algún libro cuando iba al centro: los cuentos de Andersen, de Perrault; las novelas de Julio Verne y Emilio Salgari; Corazón, de Eduardo d'Amicis, todos aquellos libros que se leían en la infancia en aquel tiempo y se siguen leyendo. Influencias en la cuentística, los latinoamericanos, sobre todo Borges, Horacio Quiroga, a veces Julio Cortázar; en la novelística, Faulkner y Augusto Roa Bastos.
Desde joven me gustaron los libros de filosofía oriental, de donde parten mis ideas sobre la pluralidad de existencias: El tercer ojo, de Longsan Rampa, por ejemplo. Luego vinieron los clásicos y posteriormente los latinoamericanos del boom. He sido siempre una lectora desordenada, que debo leer lejos de un lápiz y un papel o de la computadora, para que al dispararse una idea no me saque de las páginas del libro que estoy leyendo.
--¿Y en cuanto a autores paraguayos?
--No puedo olvidar a Josefina Plá, no solamente por su extraordinaria obra poética y narrativa y las múltiples facetas de su quehacer cultural, sino por su personalidad. Visitar a Josefina era entrar al asombro y la agudeza, y sentir la valoración que ella sentía por la mujer como un compromiso que debíamos compartir o ejercer con ella. La denuncia de la situación de la mujer y los desamparados está en la mayoría de sus narraciones, así como el valor de ser auténticamente mujer, y entregarse totalmente en la palabra está en su poesía. Creo que hay resabios de ambas cosas en mi prosa y en mi poesía. Esa actitud fue un ejemplo para todas nosotras, las poetisas de los años sesenta y un poco más adelante. De esa fuente surgió Gladys Carmagnola, de obra intensa y prolífica; y Nila López, auténtica en su palabra y en su actuar. Si bien mi contacto con Augusto Roa Bastos no fue muy frecuente, sus cuentos y las novelas Hijo de hombre y Yo el Supremo marcaron algunos de mis textos; pienso en Vagos sin tierra y La Querida, principalmente. En busca del hueso perdido, de Helio Vera, fue un libro de cabecera por algún tiempo, para conocer a fondo la paraguayidad, cuyo manejo me era indispensable para abordar el tema del Paraguay colonial del siglo XVIII. Un poeta como Rauskin me enseñó que la poesía está en las cosas, no en las palabras. Osvaldo González Real, la espiritualidad de las filosofías orientales. Y Carlos Villagra Marsal, el rigor de la autocrítica.

Cómo nos ven

--En tus viajes al extranjero has podido palpar el interés de públicos diversos hacia tus obras. ¿Qué les ha llamado la atención?
--Viajar tiene una consecuencia centrífuga, que te lleva a ampliar el mundo desde el minúsculo espacio en que vives hacia otros horizontes, otras culturas, otras maneras de ser y de concebir las cosas. Así como uno aprende, los demás también captan las semejanzas y diferencias; en esa variedad de públicos diversos encontré siempre un interés ante lo desconocido y una interrogante sobre la cultura paraguaya y el bilingüismo, que es el fenómeno que abre, por lo general, el espacio de las preguntas. Muchas veces se sorprenden porque no tienen idea del Paraguay, ni de su ubicación geográfica ni de su historia. A veces se lo confunde con el Uruguay o solo lo conocen por la triste memoria de la última dictadura, la corrupción, el incremento de la violencia, las drogas, el contrabando, esas malas palabras. Cuando ese público se encuentra con este otro Paraguay que los artistas presentamos, comienzan la valoración y el convencimiento de que también existen otros factores que potencian al país y lo equiparan a otros pueblos, haciéndolo digno de tenerse en cuenta.
--¿Cómo ves la producción poética y literaria, en general, en nuestro país?
--Es obvio que en el Paraguay se produce actualmente mayor cantidad de libros de narrativa y poesía que anteriormente. Lo que quedará luego de pasar por el tamiz del tiempo, eso es otra historia. Pero, evidentemente, hay una eclosión de voces relativamente nuevas y recientes, con un futuro promisorio, y otras de acendrado arraigo que siguen enriqueciendo la bibliografía nacional, tanto en narrativa como en poesía. Las voces de mujeres son muy numerosas actualmente, y tienen algo que decir, lo cual es importante. Creo que debemos ser cada vez más rigurosos con nosotros mismos, pero a la vez continuar en la tarea de romper el desconocimiento, esa carcoma que siempre ha postergado la literatura paraguaya.

Sobre Las moradas del Universo

--¿Qué te motivó para escribir el libro?
--El tema de Las moradas del Universo me rondó desde muy joven, ya antes de Peregrino de la eternidad, cuyo título es claro con respecto a mi creencia de que somos realmente peregrinos de un tiempo que no termina. Había leído sobre la transmigración de las almas y la evolución desde un estadio sencillo e ignorante a un estadio de luminosidad colindante con la divinidad. Con Las moradas del Universo se cierra el círculo, en cierta forma, y se abren nuevas perspectivas para otros libros posteriores quizás. La lectura del libro de divulgación científica El Universo, de Isaac Asimov, fue el detonante para que pusiera estas ideas nuevamente en el papel, porque me di cuenta de que la ciencia no se contradice con ellas. El infinito realmente tiene la clara posibilidad de albergar otros mundos habitados; las estrellas nacen y desaparecen; las galaxias son muchas más de las que se creía antiguamente; el Universo está en expansión. Este año acaban de ganar el Premio Nobel dos físicos que demostraron que el Universo se sigue expandiendo; entonces, deslumbrada por la prosa y las noticias científicas recabadas en ese libro, se fue moldeando mi poemario en torno a la idea de que las almas también peregrinen por esos mundos posibles y de que en ese viaje se perfeccionen y puedan llegar a consustanciarse con el Absoluto.

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